lunes, 22 de diciembre de 2014

Empecemos por un acento: Januká en Marruecos y en Venezuela

(Palabras leídas originalmente en inglés en la Sinagoga Beit Tikvah de Ottawa en Shabat Januká)

Típica januká marroquí de bronce
Empecemos por un acento. Como ustedes lo pueden escuchar, vivo obsesionado con los acentos. ¿Se dice Jánuka ó Januká? En mi casa, mi casa sefardí donde se hablaba español, ciertamente era Januká con una fuerte JOTA y un acento en la última Á. En mi escuela judía de Caracas, con mis maestros que hablaban yidish, a veces escuchaba Jánuka, con el acento en la primera Á. Pero en Caracas nosotros los judíos, sefardíes, asquenazís, mizrahíes (orientales) éramos (y todavía somos) una comunidad bien integrada y con lazos estrechos entre todos los grupos. La mejor expresión de esta cercanía e integración es el español que hablamos, un español con el acento caribeño de Venezuela que mezcla palabras en yidish, haquetía – el dialecto judeo-español de Marruecos – y algunas palabras en hebreo. Hay algunas cosas que solo puedo pensar o decir en este particular lenguaje judeo-venezolano.  

Permítanme volver a Marruecos por un momento. Nací en Tánger. Tengo dos recuerdos de Januká en Marruecos. El primero tiene que ver con la janukiyá, o como mi padre la llamaba la januká, pues en haquetía la fiesta y el objeto, la menorá (el candelabro), se llaman de la misma manera. Las janukiyot o janukás (con una S plural) hechas en bronce, eran menorot doradas que durante el año adornaban las paredes de las casas (ver foto que acompaña esta nota).

Usábamos aceite para encender las velas, que en realidad no eran velas sino mechas de algodón que mi madre preparaba para la fiesta. Y había por supuesto la comida tradicional, los buñuelos fritos, las donuts marroquíes, que comemos con miel y un vaso de mint tea, de yerba buena. Como ustedes pueden ver, hay algunas cosas que solo puedo decir en español, pues no es lo mismo decir mint tea que yerba buena, que significa literalmente the good herb or the good weed (la hierba buena).

Tendría yo unos dos o tres años. Mis padres decidieron que debería participar en el encendido de la januká y me dieron la vela para que procediera. Yo decidí que mi perrito de peluche también merecía ser encendido, por lo que estuve a punto de provocar un incendio en nuestro apartamento en Tánger.  

Nos mudamos a Venezuela en 1968 y algo cambió con respecto a Januká. Por primera vez me di cuenta de la tensión entre las celebraciones que competían unas con otras. Los cristianos tenían la Navidad, y nosotros Januká. En Marruecos no estaba consciente de esta tensión porque en un país musulmán la Navidad no es una fiesta oficial.

En Venezuela ocurrió algo muy interesante. Lo que para mi fue hasta entonces una fiesta privada en casa en compañía de mis padres y de mi hermana, se convirtió en los años 80 en una celebración pública cuando Jabad Lubavitch decidió encender janukiyot en todo el mundo para cumplir con el precepto de difundir el milagro de Januká.  Hace algunos días leí en Twitter que una persona (que por su nombre asumo no es judía), recordaba con alegría y un poco de nostalgia el encendido de una gran menorá (candelabro) en la plaza más grande de Caracas, la Plaza Venezuela, donde judíos y no judíos nos reuníamos para ver la ceremonia que lideraba el Rabino Perlman, representante del movimiento Jabad en el país. Y esa persona decía más o menos así: es una lástima que hoy en día no podamos hacer una ceremonia pública como esa en Plaza Venezuela, debido al clima de antisemitismo y anti-israelí que ha promovido el actual régimen que gobierna Venezuela (nda.: sé que hubo una ceremonia similar en el Municipio Chacao, pero nunca con las dimensiones de la que se celebraba en Plaza Venezuela).

Sin embargo, debo ser claro y justo. Nuestros compatriotas venezolanos fueron y siguen siendo gente buena, gente que recibió con los brazos abiertos a los judíos que llegaron de Europa, de Marruecos, de Siria, de Argentina, y de muchos otros países.

Quisiera terminar con una canción, con una melodía que representa para mi Januká. En la tradición marroquí después de las bendiciones para encender la januká, el Sheejeyanu y el Hanerot Halalu (plegarias en hebreo para la ocasión), cantamos un Salmo (Salmo XXX). Todavía puedo escuchar a mi padre cantando:

Mizmor shir Janukát Habayit le David, aromimjá Hashem ki dilitani, velo simajta oyevá li. Hashem Elokái shivati Eleka vatirpaeni. Hashem heelita min sheol nafshi jiyitani miyardi vor. Zamerú laHashem jasidav vehodu lezejer kodeshó…”

Cuando recito la misma plegaria durante los servicios de la mañana, puedo escuchar la voz de mi padre cantando el Salmo para la dedicación del Templo, y no puedo evitar repetir esta hermosa melodía.


Muchas gracias. Jag Sameaj y Shabat Shalom.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La pervivencia del chavismo: lecciones del peronismo

Desinflar las mentiras
En una nota que apareció en el blog del Centro Gumilla: SIC semanal hago un ejercicio de prospectiva sobre el futuro del chavismo. El mito chavista pervive y pervivirá, especialmente por una visión idealizada de la figura de Hugo Chávez difundida por la maquinaria de propaganda del régimen venezolano y sus aliados internacionales. Una crítica demoledora del mito es hoy más  necesaria que nunca. Pueden leer la nota aquí


Aproximaciones al micro-texto

1 El tono de su voz, casi un chillido, confundía a quienes descubrían el rostro de un hombre maduro con barba entrecana.

2 Tenía la nariz y la boca de su padre. Sin embargo era hermosa.

3 Sus orejas eran particularmente desproporcionadas. La derecha parecía una rosa abierta en todo su esplendor. La izquierda era como un pequeño botón de flor.

4 Por qué los lentes de sol? Ya había oscurecido. No era ciego. Qué había detrás de esa máscara? Una mirada implacable ó unas ojeras decadentes?

domingo, 7 de diciembre de 2014

La carta profética de Lucy


Todavía escucho la voz de Lucy leyendo la carta en casa de mi tía
Correría el año 1972 ó 1973. Una tarde en el apartamento de mi tía Violeta ubicado en Los Caobos ocurrió algo que hoy tiene un significado muy especial. Mi tía, mi mamá y yo, un niño de 10 u 11 años, nos sentamos alrededor de una mesa frente a un grabador de casete para que Lucy Garzón de Benarroch leyera en voz alta su ya entonces famosa carta. Digo famosa no tanto porque fuera muy conocida, sino por el entusiasmo que generaba en la familia hablar de la “carta de Lucy”, una pieza de literatura en jaquetía (el dialecto judeoespañol de los judíos marroquíes) donde un tal Hadra le escribe a su prima Isté de Tetuán sobre sus primeras vivencias en Caracas.

La carta, escrita en mayo de 1970, fue publicada en la revista Maguén-Escudo del Centro de Estudios Sefardíes de Caracas (No. 95, abril-junio 1995). Lucy la leyó en un acto en la VII Semana Sefardí de Caracas el 25 de febrero de 1995 dedicado a La jaquetía que hablábamos. Pero para mí no hay otra versión de la carta que supere a la grabación que hizo Lucy esa tarde de 1972 ó 1973. Esa cinta debe estar en alguna parte en casa de mi mamá. Leída en la voz de la autora, la carta tiene al mismo tiempo un tono extremadamente jocoso (en la grabación se escuchan las risas ruidosas de mi tía, de mi madre y de este servidor), pero también profético. Recuerden que Lucy la escribió en 1970 y la grabó unos años después, en plena década de oro de Venezuela, el país de las promesas y de las puertas abiertas a los inmigrantes, el país que consolidaba su democracia. Era una Venezuela mucho más amable y más optimista.

La carta no es solamente una pieza humorística (su calidad humorística es superior); es, insisto, una epístola profética. Mucho de lo que allí cuenta y reflexiona Hadra (Lucy) anuncia lo que vendría unos años después. Mi madre gusta recordar algo que Cervantes dice en Don Quijote: “…Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman vates, que quiere decir adivinos…”. Veamos cómo Lucy hace de vate desde la prosa poética en jaquetía. Esto requeriría algunas explicaciones para tratar, solo tratar, de comunicar el sentido de lo que allí escribe en ese dialéctico tan particular y sabroso que mezcla el español arcaico, el árabe marroquí y el hebreo.

Hadra comienza por relatarle a Isté algunas novedades del estilo de vida de los inmigrantes judeo-marroquíes que se instalaron en Caracas. Sus observaciones tienen la picardía del crítico social que hace la disección de las pretensiones y el exhibicionismo de los nuevos ricos en esta tierra de gracia. Hablando de una tal Riquita que vive en un “penjau” (penthouse), Hadra cuenta: “…Y desde que se enriquesió (sic) no para de echarse Chanel numeró sinco (sic), para que ninguno la aoye…”   (para que no le echen mal de ojo).  Más adelante, refiriéndose a una conocida de Tetuán, le dice a Isté: “¿Te acordas de Solica la lagañozza (sic)? (que tenía siempre lagañas en los ojos)…Ni no, ni, si la mirad con pestañas postizzas (sic)…” (en el casete se escucha a mi tía y a mi madre repetir lo de las “pestañas postizzas” desternilladas de risa).

El retrato que hace Hadra de la Caracas de entonces es, según los estándares de hoy, idílico. Las noches de sábado (“noche de aljá”) era “ada ir al Papapayo” (la costumbre era ir al café del Centro Comercial Chacaíto): “…no queda ratón en su buraco…” (nadie se quedaba en su casa). También reconoce ya algunas prácticas de negocios “problemáticas”, por decir lo menos: “…Aquí el que quebra (sic) un negocio, no se volve pobre, se volve rico, se quiebren y se hagan tiesto…” (el sentido está clarísimo y es muy actual). Hadra (Lucy) hace también un pequeño pero muy acertado análisis político: “¿Y la radio? Dí por boca nada más, baldonan jasta (sic) al presidente…igual que Franco, amabdil, Dizzen que es democracia, zaamá que no hay Bengualid ni Benchacho, todo uno” (en la radio critican hasta al presidente, “igualito” que el dictador Franco que entonces mandaba en España. Lo llaman democracia porque todos son iguales).

La carta tiene algunos momentos proféticos que resultan excepcionales. Cuando Hadra le cuenta a Isté sobre los ranchitos, observa lo siguiente: “También hay cazzitas (sic) como la del barrio las lata, en el monte; cuando la noche escurese (sic) y se miran las luces unas cabrota (sic), penso: güó, güó como se seltée el jebel…” (¡ay, ay, como baje el cerro!). En 1970 Lucy vio con claridad la posibilidad de una tragedia como la del Caracazo consecuencia de las injusticias y la pobreza que esas “cazzitas en el monte” ya dejaban entrever. En referencia al sistema de salud y los costos de la medicina, la mención en la carta no puede ser más actual: “…lo que uno no cuede (sic) es caer malo …Ferazmal lo güeno mío cuando fé asperarme (sic) al puerto me lo dicho: ‘mira, ni te mueras ni te quebres nada, hasta que me enriquesca (sic)”. (cuando mi esposo me fue a recibir en el puerto – mucha gente llegaba en barco a La Guaira, como fue mi caso -  me dijo que no me muriera ni me enfermera hasta que no se volviera rico).

El corto texto tiene muchos otros detalles para comentar (la referencia a El Silencio como un sitio de ruido caótico, o a la estatua de Colón que estaba frente a la sinagoga de Maripérez). Todos revelan la inteligencia y, como se dice en España, la gracia de Lucy. La carta, que ya en su momento era una rara joya de literatura en jaquetía escrita en Venezuela, hoy tiene más vigencia que nunca. Gracias Lucy por aquella tarde en casa de mi tía Violeta.

sábado, 6 de diciembre de 2014

Mucha emoción, demasiada


¿Qué máscara prefieres?
¡Uf! Se leen cosas fuertes en las diatribas entre opositores. A María Corina se la descalifica por “sifrina”.  También se dice que el “show” que montó María Corina desvía la atención de la verdadera solución a la crisis, es decir, las elecciones parlamentarias. Todavía más: que María Corina, sin querer queriendo (Chavo dixit), está encompinchada con el gobierno para echarle una vaina a Henrique Capriles. Y así podríamos seguir, pues igualmente hay quien habla paja de Capriles porque luce  “blando” o de Julio Borges porque habla más del precio de las verduras (que no de la lechuga, if you know what I mean), que de la crisis que pudre todo. Desde afuera uno debe tener cuidado para no pisar callos, pero no provoca quedarse callado. Por allí me llegó un texto del Padre Luis Ugalde, S.J., en el que plantea que la salida (sí, la salida) pasa por el reencuentro entre los venezolanos, por la reconciliación. Tiene razón el Padre. No hay otra manera. Descalificando a la “sifrina” María Corina o despotricando contra Capriles no lo vamos a lograr. Sin embargo hay que reconocer que la fuerza de los afectos jala más que aquella que te conté. Mucha emoción, demasiada.